En el estudio musical es común atribuir la pérdida de repertorio a falta de constancia o de disciplina. Sin embargo, muchos músicos experimentan el mismo patrón aun estudiando con regularidad: piezas que “salían” con solvencia empiezan a desdibujarse tras unos días. Este fenómeno no se explica solo por cuánto se practica, sino por cómo interactúa el estudio con el paso del tiempo.
Desde la neuroeducación, este comportamiento responde a un principio ampliamente documentado: la curva del olvido. Comprenderla no implica resignarse a olvidar, sino reconocer qué ocurre cuando la práctica no entrena la recuperación y por qué ciertos hábitos de estudio producen aprendizajes frágiles.
Como ya he señalado al analizar por qué muchos músicos olvidan piezas musicales, el problema no suele ser la falta de estudio, sino la forma en que se organiza.
El olvido no es un fallo del músico
Olvidar no es un defecto individual ni una señal de poca capacidad. Es una función adaptativa del sistema cognitivo. El cerebro prioriza aquello que se reactiva con cierta regularidad y debilita lo que no vuelve a ponerse en juego.
En música, el problema aparece cuando el estudio se organiza como si el tiempo no influyera en la consolidación. Se asume que una ejecución fluida al final de una sesión equivale a aprendizaje estable. La curva del olvido muestra lo contrario: sin reactivación posterior, la accesibilidad de lo aprendido disminuye, incluso si el rendimiento inmediato fue alto.
Qué describe realmente la curva del olvido
La curva del olvido no afirma que todo se pierde, sino que la probabilidad de recuperar una información disminuye con el tiempo si no se reactiva. El descenso es más pronunciado justo después del aprendizaje inicial y se estabiliza progresivamente.
En el estudio musical, este patrón se intensifica cuando:
la práctica se concentra en una sola sesión,
no existen intervalos reales entre repasos,
y no se exige al sistema recuperar la información tras una pausa.
El resultado es una sensación engañosa de dominio: la pieza “funciona” mientras se toca con frecuencia, pero se debilita en cuanto el tiempo introduce distancia.
Repetir no es lo mismo que recuperar
Una confusión habitual es equiparar repetición con consolidación. Desde la neuroeducación, son procesos distintos:
Repetir: ejecutar cuando la información aún está activa.
Recuperar: reconstruir cuando la información ya se ha debilitado.
Gran parte del estudio musical se apoya casi exclusivamente en repetición. Tocar una obra varias veces seguidas eleva el rendimiento inmediato, pero rara vez entrena la recuperación tras un intervalo. Por eso, cuando pasan días sin tocarla, aparecen vacíos, inseguridad o errores tempranos.
La curva del olvido no penaliza la falta de horas, sino la ausencia de recuperación distribuida en el tiempo.
El impacto en la estabilidad del repertorio
El repertorio musical combina memoria motriz, estructural, auditiva y atencional. Si la práctica no contempla reactivaciones espaciadas, la obra se vuelve dependiente del contexto en el que fue estudiada.
Esto explica por qué: • una pieza “vive” solo mientras se toca a diario, • reaparece únicamente cuando se recorre de principio a fin, • o se pierde tras pausas relativamente cortas.
Desde esta perspectiva, el repertorio no se sostiene por acumulación de sesiones intensas, sino por reactivaciones estratégicas que dialogan con el paso del tiempo.
Errores frecuentes al intentar “combatir” el olvido
Cuando una obra empieza a deteriorarse, la respuesta típica es intensificar la repetición inmediata. Estas reacciones alivian a corto plazo, pero no corrigen la causa.
Errores comunes:
Sobrecargar una sola sesión para “compensar” el tiempo.
Evitar el olvido en lugar de entrenar la recuperación.
Confundir fluidez inmediata con estabilidad a largo plazo.
Desde la neuroeducación, estas estrategias fallan no por falta de esfuerzo, sino por mala distribución temporal.
Qué cambia cuando el estudio incorpora el tiempo
Comprender la curva del olvido desplaza el criterio de evaluación del estudio. El objetivo deja de ser “que hoy salga bien” y pasa a ser poder recuperar mañana lo que hoy se estudia.
Esto no implica estudiar más ni añadir complejidad innecesaria. Implica reconocer que el aprendizaje musical estable se construye con el tiempo, no contra él. El olvido no es el enemigo; es la señal que indica cuándo una reactivación es necesaria.
Sobre el autor
Dr. Miranda es Doctor en Gestión Educativa, Maestro en Educación Superior y Licenciado en Educación Musical. Trabaja en neuroeducación aplicada al aprendizaje musical, con enfoque crítico y sin neuromitos.
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